Soy un ciudadano de Totontepec, he sido topil, secretario, síndico y presidente municipal de Totontepec, Villa de Morelos. Esa es mi carta de presentación. El motivo de mi intervención en este debate sobre la obra de Íñigo Laviada, Los Caciques de la Sierra, es que, precisamente, en la página 29 del libro en comento, en el punto nueve de una denuncia que las comunidades de San Miguel Quetzaltepec, Santa María Alotepec, Asunción Cacalotepec, San Pedro Ocotepec y San Lucas Camotlán dirigen al entonces presidente de la República, Luis Echeverría, ahí enumeran una serie de atropellos que sufrieron nuestras comunidades mixes, y en el punto nueve encuentro lo siguiente, que dice: «En el poblado de Metaltepec mixes, pretendió Luis Rodríguez Jacob asesinar al ciudadano Juan Bautista López, despojándose de sus bienes y llevándose cosecha de café y semovientes para Zacatepec mixe.»

El hecho de encontrar, en unas cuantas líneas, este nombre, se remonta a mi infancia de caminar, de respirar, comer y entender lo que es o lo que fue la vida de un perseguido por parte de un cacique: el cacique de Zacatepec, porque de quién se trata es de mi abuelo. Entonces, quiero relatarles un poquito la vida de él. La comunidad más cercana a Zacatepec, la que está junto a Zacatepec, es la comunidad de San Juan Metaltepec; de ahí es oriundo el personaje del cual quiero hablarles, porque es digno y meritorio que también se sepa de sus luchas, de su rebeldía, de su estar inconforme y presentar dicha inconformidad de frente hacia el cacicazgo, tal y como me lo comentó mi abuelo.

Como antecedente les quiero comentar que a principios del siglo XX, varias comunidades mixes pertenecíamos a distintos distritos, antes de la creación del distrito de Zacatepec, y en este caso San Juan Metaltepec pertenecía al distrito de Choapan. En ese tiempo, el jefe político de Choapan, al ver que no había gente que pudiese estar rindiendo a tiempo la documentación necesaria de cada comunidad, optó por reclutar a los que él —como jefe político— consideraba los más sobresalientes de cada una de ellas, y de San Juan Metaltepec reclutó a tres ciudadanos, mandándolos a la ciudad de Oaxaca a prepararse. De aquellos tres, uno regresó como cantor en la iglesia de Metaltepec; otro de plano no aguantó la nostalgia y se regresó antes de concluir la preparación a lo que lo mandaron; y el tercero, don Juan Bautista López, culminó el tiempo que tenía que prepararse, y entonces, a su regreso a la comunidad, es ocupado como secretario municipal. Pronto las comunidades cercanas mixes empezaron a buscarlo para que sirviera de secretario en esas, o que les elaborara su documentación. Esto es importante recalcar, porque, por un lado, para los que son los jilgueros del cacicazgo ejercido, de lo que tenemos aquí en el libro, hablan de qué era Luis Rodríguez una persona que procuraba por la educación, pero, por otro lado, está la otra cara: que él no permitía que en ninguna comunidad de los pueblos mixes alguien tuviera una preparación que pudiese superarlo y quitarle su lugar.

Entonces, cuando don Juan —el primer Juan Bautista de Metaltepec—, ya mayor, se casa y tiene sus hijos, y pretende mandar a sus hijos a estudiar, uno de ellos, con el mismo nombre, Juan Bautista —que es el caso que refiere el libro en comento—, es el que intentaron matar. A él lo mandan desde niño a prepararse a Villa Hidalgo Yalalag, no sin antes haber aprendido todo lo que es la costumbre mixe en su tierna infancia. Juan cursó toda su infancia y culminó su primaria allá en Yalalag. Es importante recalcar que, además del mixe, habla perfectamente el zapoteco de Villa Hidalgo Yalalag, y al culminar ahí su instrucción primaria, su papá pasa por él y se lo lleva a la ciudad de Oaxaca y estudia en el seminario. Estando a punto de recibirse como sacerdote, cuando se cruzó en su camino una linda trigueña —según sus palabras de él— y optó por el buen camino, dejando así el camino de la religiosidad.

A su regreso a su comunidad, Juan Bautista, perseguido, se dedica a las labores del campo y es muy próspero, porque tiene un rancho muy productivo, muy bien atendido, donde tiene cañal y cafetal; de la caña obtiene panela y obtiene aguardiente, mismo que comercia hacia la parte baja, en este caso hacia Matamoros, hacia Puxmetacán.

Lo comento porque hace amistad muy cercana con Pedro Serrano, que fue asesinado por Luis Rodríguez, y él vivía por la parte baja, que tenía un rancho llamado Palo Blanco. Y dicen que en 1938, Pedro Serrano entabla una buena relación con Juan Bautista; tan es así que en los primeros intentos de asesinarlo, me contaba mi abuelo, a Juan Bautista lo culparon de que los fracasos que habían tenido los armados de Zacatepec había sido porque mi abuelo Juan alertaba a su amigo Pedro. Este fue uno de los motivos que Luis Rodríguez fuera distanciándose de Juan Bautista de Metaltepec. Pero, para los que conocemos la geografía, ahí está pegadito a Zacatepec; entonces, todo movimiento que pudiese estar haciendo Metaltepec de inmediato era captado por los hombres de Luis, y llegaban los oficios, o llegaban los armados simulando una paternidad por parte del cacique. Pero el punto principal por lo que fue el enojo fue cuando es nombrado secretario municipal en Metaltepec Juan Bautista López, y llega un oficio por parte de Luis Rodríguez —como lo hacía con todas las comunidades— para que en las fiestas patrias, los días 15 y 16 de septiembre, todos los conscriptos se fueran a Zacatepec a desfilar por sus principales calles. Cuando llega el oficio, el agente municipal pide a su secretario que le lea, que le haga saber de qué se trata. Una vez enterado, el agente le dice: «¿Tú qué dices, tenemos que atender a ese llamado, porque lo está llamando don Luis?»

Entonces, Juan Bautista dice: «Yo no estoy de acuerdo en que vayan los conscriptos allá, porque podemos hacer aquí nosotros nuestro propio desfile; no tenemos por qué atender allá.» Esto fue su momento de rebeldía, y entonces los demás dijeron: «Estamos de acuerdo contigo, Juan, pero ¿quién va a ir y enfrentarse a ese señor?» Entonces, Juan se ofreció diciendo: «Si ustedes me acompañan, yo voy a darle directamente esa noticia a Luis, de que no vamos a asistir, que nosotros no vamos a ir.»

Entonces, mi abuelo Juan me lo refiere a mí, que Luis era un tipo con unas características muy ladinas, es decir, muy políticas: te ofrecía su amistad, su casa, su hospedaje, te daba una palmadita en la espalda —simbolizando lo que hoy es un insulto—; y entonces cuando se retira de allí, cuando ya le avisó a Luis y le dice «no vendrán los conscriptos de mi pueblo», Luis lo felicita y le dice: «Qué bueno, Juan, está muy bien; así deberían ser todos en los pueblos, que tuvieran un líder como tú.»

Ahí fue cuando entendió mi abuelo que todo aquello era una sentencia de muerte. A su regreso a Metaltepec, se despidió de su familia y se retiró para no ser asesinado. Se cuenta —o lo cuentan en Metaltepec— que después llegaron los armados a buscar a Juan para matarlo, pero él ya se había retirado, se había fugado hacia la comunidad de Villa Hidalgo Yalalag. Hasta allá fue a vivir como autoexiliado, porque tenía la protección de las personas o ciudadanos de Villa Hidalgo Yalalag. Allá vivió porque allá tenían una casa, y como lo he dicho en otras ocasiones, admirable es cómo un mixe —en ese tiempo y en ese pueblo tan próspero— un mixe tuviese un solar y, además, haber edificado la casa más hermosa y más bonita con pura laja, con pura piedra; lo equivalente a hoy a una cuadra de una ciudad. Eso era del papá de Juan Bautista López.

Es allá donde recibe la protección de los líderes de Yalalag, en este caso de los de apellido Valle, muy concretamente de Enrique Valle. Y Enrique le ofrece y le dice: «Juan, si tú decides, y si tú dices: tú considerado como un yalalteco, si quieres, vamos y entramos a aniquilar a quienes te están haciendo esta persecución ahí en Zacatepec.»

Acepta mi abuelo ese ofrecimiento, y dice Enrique a mi abuelo: «Mira, entonces tú te vas y le dices a Daniel de Ayutla que se una a nuestra causa, lo convences, acuerdan el día, la hora, y nos vemos en un punto allá en el Zempoaltepetl, y de ahí caemos en Zacatepec y acabamos con ese cacicazgo que te persigue.»

Va mi abuelo a conversar con Daniel en Ayutla; Daniel lo toma de buena manera, esa alianza, y concuerdan el día y la hora. Los armados y la gente de Yalalag se presentan en el Zempoaltepetl, en cierto punto acordado; ahí esperan, llevan todo lo que tiene que ver con alimentación y para los días que habría que estar, y esperan la llegada de la madrugada de ese día a los armados de Ayutla. Pero no llegan, no llegan los armados de Daniel, por la causa que haya sido; no llegan. Entonces se enojan los armados de Yalalag, la gente de Enrique Valle y la de mi abuelo, y bueno, pues empiezan a tomar, pero antes de ello mandan espías —muy a ese estilo como lo son los comerciantes ambulantes, que van de casa en casa— con la consigna de que ellos, que en la noche subirían, avisarían exactamente en qué casa se había quedado el cacique, para caerle directamente y hacer una operación quirúrgica correcta hacia ese objetivo. Regresan los enviados, los que simulaban comercio; avisan dónde se queda el cacique. Pero, como les digo, no llegaron los armados de Daniel para hacer lo que tenían que hacer. Esto hace que comiencen a tomar y echar balazos en el cerro, y después se regresan ya sin haber hecho lo que se habían pretendido.

Esta anécdota es para darles un poquito de referencia, porque también hay que darle presencia a los que se rebelaron en ese entonces, a los hombres que se enfrentaron, que tuvieron la osadía de contravenir todas las órdenes del cacique; en este caso, de Luis Rodríguez.

No quise meterme más allá de lo que ya dijeron, porque pues son otras comunidades que no me compete. En este momento, desde mi visión de afectado en cuanto corresponde a la persecución de la que fuera objeto mi abuelo —que después de Yalalag regresó a Totontepec, y ahí ya hizo vida, ahí se quedó a vivir—, y después, con la intervención de un cura llamado Pedro López, convenció a Luis de cesar toda esa persecución, llegando así a un entendimiento. Y ya él pudo vivir un poco más tranquilo en la comunidad de Totontepec, de donde yo soy oriundo, pero, como les comento, yo traigo la sangre tanto de Totontepec, en primer término, como de San Juan Metaltepec.

Este sería mi aporte del momento, y me uno a la petición de que es necesario que se reedite este libro, el de Íñigo Laviada. Para quienes tienen la posibilidad de reeditarlo, cuando hay la —que es muy necesaria— pues al menos para que en cada agencia municipal, en cada municipio, se pudiese contar con este libro, para que pueda ser analizado. Porque creo —y no me dejarán mentir ustedes— que seríamos pocos los que hemos tenido el interés o el acceso a este libro, pero en la mayor parte de las comunidades yo tengo la seguridad de que no es conocido este libro. Es hasta aquí mi intervención, agradeciéndoles mucho. Y así como a don Apolonio Sandoval se le debe reconocer y recordar como un hombre que se opuso y que dio muestras de gallardía, de honestidad y de valentía ante ese cruel cacicazgo, obviamente Juan Bautista López, de Metaltepec, debe de estar también en el recuerdo de la nación mixe.

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