El 13 de julio de 2024, al cumplirse ochenta y seis años de la fundación del Distrito Mixe, quienes formamos el colectivo Nayuujk convocamos a un diálogo. La pregunta que pusimos sobre la mesa era sencilla de enunciar y difícil de abordarlo: qué ha significado para nosotros Los Caciques de la Sierra, el libro que Iñigo Laviada Arrigunaga publicó en 1978 tras cuatro años de recorrer nuestras comunidades, y qué habría que hacer hoy con él a 46 años de su publicación.

Respondieron nueve personas. Este libro recoge sus voces y palabras.

Abre el volumen el texto de Félix Reyes, una especie de asomo rápido a la historia, al libro y a la vida del pueblo mixe. Ahí se plantea la pregunta que atraviesa todo lo demás: por qué esta historia no la escribió un ayuuk. Y se responde desde nuestras propias nociones —el pudor de alzar la raíz de lo que ya quedó abajo, la memoria de los nahuales, la deuda que los hijos pagan por los padres, la persecución de quienes alcanzaron el Wijën-Kajën—. Quien quiera entender por qué durante décadas no se habló de esto en voz alta, empiece por ahí.

Siguen las nueve intervenciones, en el orden en que se dieron.

Adelfo Regino Montes, abogado ayuuk de Alotepec, traza la línea de tiempo del cacicazgo con precisión: el asesinato de Apolonio Sandoval en 1940, la emboscada de Cortamonte en 1945, el asalto a Alotepec en 1947, los años de Higinio Reyes, la muerte de Luis Rodríguez en 1959. Y propone leer todo eso como lección.

Ana Matías Rendón, filósofa ayuuk de Zacatepec, habla desde el pueblo del cacique y señala lo que el libro abrió y lo que dejó pendiente: el caciquismo como forma temprana de intermediación entre el Estado y los pueblos, y lo que vino después por esa misma puerta —las carreteras, el extractivismo, los partidos, el narcotráfico—.

Emiliano Zolla Márquez, antropólogo akäts, cuenta cómo llegó a la sierra buscando entender la formación del Estado posrevolucionario y encontró lo que la gente llamaba la Guerra Mixe. Discute el libro con franqueza: lo considera un punto de partida y también un retrato maniqueo, y pide una historia necesariamente polifónica.

Gregorio Ramírez Aguilar, de San Miguel Quetzaltepec, abre en ayuuk y razona el problema desde la lengua: qué nombramos cuando decimos cacique, y por qué lo bueno también puede ser malo y lo malo también bueno. Cierra con la anécdota de las cincuenta monedas que se volvieron quinientas.

Lucio López Reyes, de Totontepec, encontró en la página 29 del libro el nombre de su abuelo, Juan Bautista López, de San Juan Metaltepec. A partir de esas pocas líneas reconstruye una vida entera de persecución, exilio en Yalalag y rebeldía, y reclama que también se recuerde a quienes se opusieron.

Gustavo Torres Cisneros, antropólogo akäts, leyó el libro en 1990, en Alotepec, en una fotocopia. Aporta el dato de que la obra fue retirada y desaparecida, discute el carácter de reportaje y de denuncia que el propio Laviada le dio, y propone una edición facsimilar.

Prudencio Sánchez Ortiz, de Asunción Cacalotepec, habla desde el archivo municipal y desde los cargos que ejerció. Su intervención recupera hechos poco conocidos: un tercer cacicazgo en Juquila,  la división de su pueblo en dos mitades enfrentadas, la separación de San Isidro Huayapan. Y cierra con el presente de los municipios.

Noel Morales, de San Cristóbal Chichicaxtepec, trae una memoria distinta: en su comunidad los abuelos no recuerdan emboscadas sino obligaciones —bandas que debían ir a tocar, bailables que había que ensayar, un maestro amparado por Zacatepec—.

Ladislao Domínguez Clara, de Asunción Cacalotepec, nació en 1956, cuando todavía duraba la guerra, y compró el libro en 1980 en una proveedora escolar de Oaxaca. Sitúa el caciquismo en una historia larga, que para él arranca en la Colonia y no ha terminado.

Dos advertencias antes de entrar. 

La primera es que aquella tarde se habló de reeditar el libro de Laviada, y hubo acuerdo en que valdría la pena. Hasta hoy no ha ocurrido. Dejamos constancia del deseo porque forma parte de lo que se dijo, pero este libro no es la antesala de nada: vale por sí mismo. Si algún día se reedita, mejor. Si no, queda esto. 

La segunda es que aquí no hay una sola versión. Hay nueve, y en varios puntos se contradicen. Preferimos publicarlas así, con sus desacuerdos a la vista, porque esa es la forma que tiene nuestra historia y porque ya hubo quien quiso, en otro tiempo, que hubiera una sola voz.

Nayuujk, septiembre 2026.

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Diseñador gráfico y Doctor en Antropología Social

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