Por Félix Reyes

A finales de los años setenta, Iñigo Laviada Arrigunaga escribió el libro Los Caciques de la Sierra. Un estudio así pudo haberlo escrito un ayuuk jä’äy; sin embargo, hasta la fecha no ha sido así: no existe un estudio profundo ni arqueológico hecho por alguien de nuestro pueblo, como el que hizo Laviada. Y la explicación es bastante sencilla: cunde todavía el rubor al tratar este tipo de temas, y no es cosa minúscula; es, como dicen los ancianos, involucrarse en un pasado bastante doloroso como a la vez vergonzoso, ya que se trata de wijtse’ky-wo’onëky ja aamy-patkë’pyëtë, de alzar, de remover la raíz de nuestra historia, lo que ya quedó abajo, lo cual implica desenterrar aquello que ya hemos superado a duras penas. Y, ¿cómo no turbarnos, si desde niños se nos ha inculcado que no se debe hablar a las espaldas de los muertos de lo bien o mal que hicieron en vida, ya que, al hacerlo, es ponerles obstáculos en su camino al más allá: kyaj yäjktukjëkäjpx-yäjktukpaakäjpxtëty wi’ix ti jyiky’attë yää koni’kyxypyoopnääxwiiny? Y es que esto es sumamente importante entre los mixes, porque de lo contrario, los difuntos no se van a Jatuk it, el inframundo, sino que se quedan penando aquí, en Tuk it, entre los vivos. Y es cuando se dice que ‘yijxe’ktë-wo’one’ktë, alzan la vista, se arrancan de la tierra, y, de repente, sentimos su presencia, y nos causan daños.

Un segundo factor es que, al filo de los acontecimientos de aquellos infaustos días, hay nombres de abuelos, de familiares, de pueblos y comunidades que sufrieron y perecieron en carne propia las más crueles infamias, así como tambien apellidos y motes de parientes, algunos bastantes muy cercanos que, haciendo caso omiso de las leyes divinas, se envalentonaron y recurrieron a sus más crueles instintos criminales; personas mixes, si es que se les puede llamar personas, que ejercieron la más cruel de las violencias hacia quienes debieron de ver y tratar como hermanos, venadeándolos en los recodos de los caminos, entre las ramas, entre las ranuras de las rocas, por los recovecos de la montaña, echados cual fieras entre los pastizales bajos los incólumes ocotales, dispuestos a hacer rugir ese máuser de culata oscura, con el cerrojo brilloso, plateado, pesado, recién aceitado y con el seguro abierto, provocando que en la huida las víctimas fueran dejando retales de piel entre los espinos, sobre las piedras filosas y bajo las ramas molestas de los arbustos, con el rostro invadido de terror remontando cuestas y descolgando bajadas, enbraveciendo con estas infamias a los tsuu-tso’ok, nuestros divinos nahuales, para que, a través de dichas acciones, terminaran definiendo a la posterior la descendencia de aquellos malos hombres, ya que en el pensamiento ancestral ayuuk todos aquellos hijos y nietos que están por venir, u’unk ë’nä’k mëti’ipë minääntëp-jä’tääntëpnëm, no vienen sino condicionados por todo lo aquello que hacen y dicen sus padres y madres, sus abuelos y abuelas: el destino, el cual, desde entonces, ya está escrito, cebando así su venganza o acariciando su recompensa sobre las tiernas carnes de los hijos y nietos: u’unk-ënä’k tii kyoopejtypy koo ja teety-tääk kyamaata’aky.

¿Cuántas veces ha sucedido en las comunidades mixes que, de repente, alguien manifieste extraños padecimientos o haya muertos prematuros dentro de ciertas familias, y venga la xëëmaapyë, la sacerdotisa ayuuk, y consultando a los hongos sagrados diga que ese mal se debe a ciertas barbaries cometidas por los progenitores en los tiempos de Tety Libiis Rodríguëz? ¡Los nahuales mixes tienen memoria! Por eso, en casi todas las comunidades mixes, se sabe a ciega cierta el por qué suceden extrañas cosas en conocidas familias.

Y, por último, un tercer factor, ¿cómo podría escribirse la historia del cacicazgo de los Rodríguez, que van de los años 1938 hasta 1998, si una de sus recurrentes acciones fue la de coaccionar a todos aquellos que repuntaron en cada una de sus comunidades por su intelectualidad? Por eso contrasta bastante el concepto Wijën Kajën con el de Jëëkoopë-Patkoopë, la adulación, a la hora de definir la responsabilidad de cada uno de los que participaron de manera directa en la definición de aquellos tiempos. Según los abuelos, el más alto concepto del despertar de la conciencia es el Wijën-Kajën, herramienta concreta y no metafísica, que sirve para desamarrar y comprender toda realidad; noción que va más allá del mero ámbito formativo, incluso del Ixpekyjya’ay, estudios académicos, cuya sapiencia se obtenga de la lectura de las obras clásicas del pensamiento occidental,  Wijën-Kajën es un designio de la vida cuya esencia es delatora, por eso, a través de los siglos, ser Wijy-Këjy, despierto, desenvuelto el corazón y el pensamiento, siempre ha sido sinónimo de condena: los tiranos odian a los despiertos y desenvueltos, justamente porque son libres y les molesta el sojuzgamiento, en sus diferentes manifestaciones. Y, a pesar de que la libertad y el despertar de la consciencia implica una noción y construcción colectiva, siempre ha sido privilegio de unos cuántos, y cuando estos perecen por este hecho, sirven de ejemplo a los otros por si quisieran atreverse a desamarrar el estado de cosas en la que se encuentran. No en vano Luis Rodríguez se esmeró en cooptar a todos aquellos que sabían leer y escribir, poniéndolos a su servicio y, quienes se le resistieron, como fue el caso del maestro Apolonio Sandoval Gamboa, terminaron detenidos, torturados y desaparecidos. Es así, pues, cómo de repente, toda manifestación intelectual comenzó a confundirse con los tsuutëjkëty, aquellos quienes viven en la oscuridad: data pues, de aquellos tiempos en que toda inteligencia ayuuk se volviera una exposición peligrosa. Siendo así, ¿cómo iba a atreverse alguien a denunciar aquellos actos que estaba cometiendo don Luis?

Eso fue, pues, lo que marcó la diferencia de que un aakats, persona venida de la ciudad, como Iñigo Laviada Arrigunaga, tuviera menos dificultad a la hora de moverse por toda la región, estando sitiados todos los caminos, ya fueran reales o veredas, con los municipios controlados, infestadas las convivencias familiares y comunitarias de delatores y traidores.

Y, ¿cómo es que pudo escribir un libro sobre uno de los cacicazgos más despiadados que haya habido en el estado de Oaxaca, y también en el país? ¿Acaso no sintió, en algún momento, peligrar su seguridad cabalgando en las entrañas de la sierra, lejos del mundo que él conocía? Todavía conociendo los riesgos, se animó a confesar lo siguiente:

El espionaje y la delación están en todas partes. Hay tantos espías y delatores como habitantes. Todos se vigilan entre sí y corren a denunciar cualquier novedad. El resultado es un clima intolerable de vileza, hipocresía, recelo, adulación y corrupción. (Pág. 14).

Ciudadano del mundo, grandulón que medía casi dos metros, güero, de risa escandalosa y distraído ¿qué impresión habrá dado en su momento entre nuestros paisanos mixes?

A él debemos los mixes de que se plasmara en un libro las injusticias de aquellos tiempos; con una investigación exhaustiva, fue recogiendo en casi todas las comunidades mixes testimonios, yéndose hasta el más apartado rincón en busca de información, entrevistando a víctimas y victimarios para que pudiera comprenderse aquel fenómeno desde todas sus aristas, sumergiéndose en los periódicos, archivos, libros, visitando a los que algo sabían en sus casas, en sus celdas, en sus camas de enfermos, en los espacios donde hacían investigación, salirse de la región y meterse en otra para enterarse de lo que se decían de los mixes y de Luis Rodríguez Jacob. Y lo más interesante, que lo hizo cuando el asunto todavía estaba caliente.

Invitado por su hermana Beatríz Laviada Arrigunaga, de la orden religiosa “Las hijas de la caridad”, en ese entonces asentadas en Alotepec, para que conociera la región, Iñigo llega a estas tierras sin el menor afán de involucrarse en los asuntos de los anfitriones, sin embargo, su destino se ligaría con el de los mixes cuando decidió poner a un lado su indiferencia y meterse de ello a conocer una porción del país donde él vivía. Así lo contó:

Por andariego y aventurero he visitado muchos de los lugares más apartados e inaccesibles del territorio mexicano, hospedándome en las casas de los campesinos, en los curatos, en escuelas y alcaldías. Por la convivencia he ganado amistades y oído centenares de anécdotas rurales; pero la fortuna me libró de recibir denuncias de crímenes con la solicitud de publicarlos, hasta que topé con Florentino, en la explanada del templo de Alotepec mixe, asentado sobre una cornisa escarpada, cerca de la cumbre del cerro de la Malinche.

El día primero de enero de 1975 contemplaba el extenso panorama de picos y barrancas a mis pies, descansando de la agotadora caminata de dos días con ascensos y descensos de mil metros, cuando se presentó Florentino y me embarcó en la aventura de investigar los hechos de esta siniestra y fascinante historia. He aquí la denuncia de Florentino:

Aquí no hay justicia para los pobres. Un tirano mata y roba a los pobres y éstos son acusados de homicidio y perseguidos por la policía, agentes del ministerio público y jueces al servicio del cacique, única persona de la sierra que es oída por los gobiernos del Estado y Federal. Todos los mixes pobres han caído una o varias veces presos en las cárceles del cacique, quien los libera si le pagan rescate. Algunos presos reciben el importe del rescate en préstamo del propio cacique o su familia y lo tienen que pagar luego, al doble, con su cosecha de café y, si no tienen, con su trabajo de esclavos, sin retribución, por varios años. Decenas de miles de mixes pagan tributo al cacique (pág. 7).

Florentino no es sino el seudónimo de Juventino Emeterio Lara, un comunero que todavía vive en Alotepec. ¿Qué nahual tendría Florentino, que confiando a ciegas en un hombre blanco, hablante nativo del castellano, cuando en Zacatepec, sede del Distrito Mixe, llegaban de a montones para participar de las adulaciones que les rendía el propio cacique de la sierra, se animara a decirle semejante verdad, pesando sobre su cabeza órdenes de aprehensión y siendo vigilado día y noche por los agentes secretos al servicio de los Rodríguez? ¿Qué nahual habrá despertado Florentino en Iñigo Laviada que, de inmediato, hicieron causa común, involucrando a este güero bonachón en uno de los frentes de batalla que en ese entonces era sumamente difícil de imaginar: la de la denuncia escrita y bien documentada, que tirara más allá de donde llegaban los plomazos y la lengua larga y venenosa del opresor, es decir, que contara la otra historia, no sólo la de un pueblo sino de toda la región, esa que venía de las miles de víctimas que pueblan esta zona montañosa de Oaxaca, y se escuchara su rugir, cual disparo de máuser, retumbando más allá de las generaciones mixes, nii’äp-nii’ok?

¡Sin duda alguna, todas y todos los ayuuk jä’äy debemos algo a Florentino por haberse atrevido ese día a expresar lo indecible, aun a costa de su vida!

Según las y los ancianos de Alotepec, el destino de Iñigo Laviada con estas tierras había sido determinado por los seres divinos desde mucho antes de que topara con Florentino. Y había sido, precisamente, aquella noche del 31 de diciembre de 1974, durante sus primeras horas de haber arribado al pueblo, cuando presenció un ritual de despedida y recibimiento de año. Él mismo lo cuenta así: 

Uno de los gallos decapitados en los sacrificios de la noche de año nuevo, después de caído se irguió, dio dos pasos con el pescuezo cercenado y cayó de nuevo. Dicen que un viejo interpretó un anuncio de calamidades: otra invasión de los Rodríguez. (pág. 9)  

Quienes estuvieron ahí, en esa ceremonia, cuentan lo que en realidad sucedió: uno de los gallos sacrificados, después de revolcarse alocadamente sin su cabeza, terminó recostándose resignadamente y en paz de manera horizontal, con el cuerpo cercenado apuntando hacia aquel güero recién llegado a la comunidad: los nahuales y las divinidades ayuuk lo habían predestinado a asumir una gran tarea. Y de eso se dio cuenta el propio escritor, por eso, cuando definió lo que significaba para él escribir “Los Caciques de la Sierra”, no solamente planteó en la oración la palabra siniestra, sino que todavía se atrevió a completar aquella frase con la palabra fascinante: hechos de esta siniestra y fascinante historia.

Publicado el 19 de enero de 1978 por la editorial JUS, después de cuatro años de andanzas en el territorio mixe, haciendo labor de investigación a través de entrevistas y pláticas informales, Los Caciques de la Sierra se volvió libro obligado para los ayuuk jä’äy, el cual no solamente nos ayudaría a descifrar las causas que originaron el fenómeno del caciquismo en la sierra, sino, y sobre todo, a comprender una parte toral de la cultura política mixe durante los últimos tres cuartos del siglo XX; incluso, cuentan nuestros padres, que este libro llegó a servir de base en algún momento de los años noventa, a raíz del levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), cuando grupos subversivos intentaron crear focos guerrilleros en la Sierra Mixe, basándose en las historias de resistencia de las comunidades ahí relatadas, para saber y entender con qué pueblos era posible crear vasos de comunicación y, posteriormente, erigir bases de operaciones, ya que éstos tenían experiencia en retar al Estado mexicano, ya que habían sabido batirse cuerpo a cuerpo con las fuerzas policiacas y soldados de la XXVIII Zona Militar, saliendo airosos los mixes, reivindicando así,  una vez más, la fama de jamás conquistados.

El 13 de julio de 2024, por motivo de los ochenta y seis años de la fundación del Distrito Mixe, y en consecuencia, a cuarenta y seis de aquella primera y única edición de Los Caciques de la Sierra, un grupo de hombres y mujeres mixes, integrantes del colectivo Nayuujk, convocamos a varias personalidades, hombres y mujeres de varios municipios mixes, para que dieran su palabra respecto a la importancia, vigencia y la necesidad de una reedición del libro de Iñigo Laviada, participando en ese diálogo Adelfo Regino Montes, de Santa María Alotepec; Ana Matías Rendón, de Santiago Zacatepec; Ladislao Domínguez Clara y Prudenciano Sanchez Ortiz, ambos de Asunción Cacalotepec; Noel Morales, de San Cristobal Chichicaxtepec; Gregorio Ramírez Aguilar, de San Miguel Quetzaltepec y Lucio López Reyes, de Totontepec Villa de Morelos. Como investigadores aakats, compartieron su palabra los doctores Gustavo Torres Cisneros y Emiliano Zolla Márquez.

Ahí se dijo, y hubo acuerdo en ello, que el libro bien merecería una nueva edición, pues, aquellas injusticias que Iñigo denunció en su obra, la colusión criminal de los tres niveles de gobierno con los caciques regionales, resultaron ser las mismas que terminaron por arrinconar al libro donde no pudiera ser leído, distribuido y mucho menos reeditado, desapareciendo el texto en físico, sobreviviendo a duras penas a través de un par de copias fotostáticas, mismas que tomaron aliento una vez que las nuevas generaciones se interesaron en ellas y fueran escaneadas, guardadas en archivos pdf y después compartidas por correos electrónicos, messenger, whatsapp, google drive, etc. Muchos de quienes participaron en este diálogo conocieron la obra de esa manera. Fueron, pues, durante muchas décadas, esas hojas sueltas como aquel ladrillo del que hablaba el poeta Bertolt Brecht: “Me parezco al que llevaba el ladrillo consigo para mostrar al mundo cómo era su casa”, así con aquellas hojas sueltas de los Los Caciques de la Sierra guardaban los mixes un testimonio que haría estremecer a sus hijos y nietos.

Dejamos pues, a la disposición del público aquellas participaciones de aquel encuentro, de cuyo valor no solamente es histórico, sino crítico, que puede sentar nuevas bases para leer y comprender el libro desde una óptica más objetiva, comparada y contextualizada. Y si, en Nayuujk tenemos esperanzas de que el libro vuelva a ser reeditada y distribuida en todas las bibliotecas públicas de la región, así como ser un texto obligado en las diferentes instituciones de educación media superior y superior.

Quienes quieran ver y escuchar aquel diálogo completo, lo pueden encontrar en el siguiente enlace a YouTube:

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Acerca de Félix Reyes

Filósofo, abogado, poeta y defensor de Derechos Humanos.

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