Muy buenas tardes, hermanas y hermanos. Quiero agradecer a Nayuujk, la organización que ha presentado Félix y que hemos escuchado de Esperanza y Crisóforo. Me da mucha alegría que nos convoquen esta tarde para reflexionar —como lo han dicho ustedes— sobre un tema importante en la historia de nuestro pueblo, del pueblo ayuuk, que es, en efecto, este libro que publicó el abogado Íñigo Laviada, denominado Los Caciques de la Sierra.
Como lo dice Crisóforo, un libro publicado el 19 de enero de 1978 por la editorial Jus, después de 4 años de investigación, de entrevistas, de recorridos en territorio mixe. Yo quisiera recordar esto: Íñigo Laviada, siendo profesor de la Escuela Libre de Derecho, daba la cátedra de Historia del Derecho y también era periodista. Él escribía en el periódico El Excélsior y en el Diario de Yucatán; una de sus aficiones, como él mismo lo dice, era visitar, recorrer el país. En ese entonces, a fines de la década de los sesenta y a principios de la década de los setenta, llega a Alotepec una congregación de hermanas religiosas, Las Hijas de la Caridad. Ellas llegan en el contexto, digamos, poscaciquil. En ese grupo de religiosas viene Beatriz Laviada, que es la hermana de Íñigo. Es Beatriz, sor Beatriz, quien invita a su hermano Íñigo Laviada a que conozca la Región Mixe, a que conozca al pueblo de Alotepec.
Yo creo que no fue una invitación inocente; creo que fue una invitación bien pensada, porque si alguien había escuchado las atrocidades que dejó el cacicazgo en la Región Mixe, particularmente en Alotepec, eran ellas, Las Hijas de la Caridad.
Yo recuerdo, porque conviví con ellas durante mi niñez en el curato de Alotepec, en el atrio de Alotepec, en los recorridos, en la fundación de las Comunidades Eclesiales de Base; porque también hay que decir eso: ellas fundaron las primeras CEPS (Comisión Episcopal para la Pastoral Social – Cáritas Mexicana) en la Región Mixe y en el estado de Oaxaca.
Seguramente las religiosas escucharon estas narraciones-denuncias que tenían los habitantes de Alotepec, y creo que con ese propósito Sor Beatríz invita a su hermano, quien llega —como él mismo lo relata— el último día del mes de diciembre del año de 1974 en Alotepec, y hace su primera entrevista el día primero de enero de 1975, con Florentino. En realidad, “Florentino” no es sino el seudónimo de, —yo creo que ahora lo podemos decir con mucho respeto y nostalgia— de don Juventino Emeterio, una persona que no solo participó, sino que es testigo directo de muchos de los acontecimientos que expone don Íñigo Laviada en su texto.
Lo primero que hay que entender es que el momento en que escribe Íñigo este libro, el contexto en aquel entonces —estamos hablando de 1975— es ya el declive del cacicazgo de Luis Rodríguez. Si bien es cierto que sus parientes, Guillermo Rodríguez, Antonino y Lucio Rodríguez, se habían quedado con el control político y económico, particularmente en Zacatepec, este ya no tenía la influencia y la profundidad que lamentablemente tuvo desde el año de 1938, fecha en que se fundó el distrito judicial y rentístico Mixe. Ese es el contexto; y también estamos en un momento en el que las comunidades mixes están recuperando su autonomía, están recuperando el control a través de sus asambleas, a través de su propio sistema político y económico. Ese es el momento en el que Íñigo Laviada escribe este importante texto.
Ahora bien, una pregunta que habría que hacerse es qué implicaciones tuvo este texto, que a mi juicio tiene dos vertientes fundamentales. Por un lado, una parte del libro es un conjunto de denuncias desde lo que expone don Juventino Emeterio; pero Íñigo hace un conjunto de visitas a la Región Mixe —y no solo en la Región Mixe, sino también en Oaxaca, donde, por cierto, entrevista en la cárcel a José Isabel Reyes, de Ocotepec, Mixe— y en la Ciudad de México, donde, por ejemplo, entrevista al finado hijo de don Apolonio Sandoval, a don Enrique Sandoval, en Ciudad Nezahualcóyotl, donde actualmente su hijo Filadelfo tiene su domicilio.

Entonces, Íñigo Laviada escucha las denuncias de los habitantes mixes. Y lo que hay que destacar —siendo abogado, tomando en cuenta el principio de audiencia— es que él no sólo escucha a quienes demandan, a quienes cuestionan a Luis Rodríguez Jacob, sino que también escucha la versión de quienes hablan a favor de Luis Rodríguez Jacob, como es el caso del testimonio de Sadot Garcés o de los funcionarios de la comisión del Papaloapan. Incluso, el propio Íñigo hace esta descripción tan interesante de cómo en dos ocasiones intenta entrar a Zacatepec: en la primera ocasión lo intenta, pero no llega, tienen que regresar y aterrizan en San José del Paraíso. (Bueno, quien conoce la Región Mixe —muchos de los que estamos aquí en este diálogo— sabemos la distancia que hay entre Zacatepec y San José del Paraíso: estamos hablando de por lo menos dos días de camino; en avioneta serán 30 o 40 minutos, pero dos días de camino. Esa era la distancia en la que se encontró en la primera ocasión don Íñigo Laviada en su primer intento para entrar a Zacatepec, Mixe). En su segundo intento, entra a la comunidad de Zacatepec, pero lamentablemente no se encuentra con quienes detentaban en ese momento el poder político y económico.
Entonces, este es también un dato muy interesante de este libro, porque no solo vamos a escuchar los testimonios que cuestionan, que critican a Luis Rodríguez, sino también hay testimonios que lo favorecen, incluidos sus dos hijos, como es el caso de Mauro y Mario Rodríguez, quienes, de una manera peyorativa les llama “los hijos del rey Kondoy”.
Y el otro dato —porque muchos nos preguntamos qué es el pueblo Mixe, qué es la nación Mixe— nos lo vamos a encontrar en este libro, particularmente en la página 159, donde habla de la ignota Sierra Mixe, la nación Mixe, sus montañas y pueblos; y un texto muy interesante que hay que leer con mucho detenimiento, que está en la página 175, que se llama «Instituciones, costumbres y ritos de los Mixes». Hace un rato decía Crisóforo que Walter Miller había estado en Camotlán, también por este tiempo, en Juquila, en Mazatlán; Salomón Nahmad, en la década de los sesenta, hizo su tesis sobre el pueblo Mixe, particularmente en la parte alta: Ayutla, Tamazulapan, Tlahuitoltepec; fundamentalmente es donde entra el doctor Salomón Nahmad. Y el caso de Zuko Kuroda, que también hace su libro en Ayutla y Tlahuitoltepec. Bueno, son algunos de los escritos que se dan en esta época; pero la descripción que hace Íñigo Laviada del pueblo Mixe, de sus instituciones, es realmente sorprendente, porque además lo hace con anécdotas, con entrevistas y con ciertas peculiaridades que hablan de su autenticidad.
Entonces, creo que esa es la doble dimensión del texto que tenemos a la vista: es cómo quitar un velo, porque en ese momento el pueblo Mixe era nota roja, y creo que las denuncias sin duda lo constatan; pero también el pueblo Mixe es grandeza cultural, es democracia comunitaria, es riqueza en toda la extensión de la palabra, y eso es algo que vamos a encontrar en este libro de Los Caciques de la Sierra.
La otra cuestión que yo quisiera destacar rápidamente es la línea de tiempo, porque una pregunta que ustedes nos hacen en la convocatoria es qué implicaciones tuvo la creación del distrito Mixe, que creo que es parte de lo que describe con mucha nitidez Íñigo Laviada. La creación del distrito Mixe se da el 01 de julio de 1936. Pienso yo que es una buena iniciativa del general Lázaro Cárdenas del Río, quien en ese momento era el presidente de México. Lázaro Cárdenas entra en 1934 y sale en 1940. Entonces, cuando se da la creación del distrito Mixe, estamos en el gobierno del general Cárdenas y en Oaxaca está el gobernador Constantino Chapital. De modo que es una buena idea, pero viene la disputa natural entre dos líderes: Daniel Martínez, de Ayutla Mixe, quien por cierto había sido el maestro, el que guió a Luis Rodríguez, y desde luego el alumno, Luis Rodríguez.
Como todos sabemos, Luis Rodríguez manda a asesinar a Daniel Martínez a través de José Isabel Reyes, y así es como logra que la capital del distrito Mixe sea en Zacatepec. Desde luego, hay un periodo —por lo menos la línea de tiempo que traza don Juventino Emeterio es muy interesante— porque estamos hablando de 23 años, desde el 01 de julio de 1936 a septiembre de 1959, que es cuando muere Luis Rodríguez Jacob. En esos 23 años, en el caso de Alotepec, hay por lo menos cuatro momentos muy importantes. El primero de ellos, en 1940, es el asesinato de Apolonio Sandoval; creo que este es un dato que no hay que olvidar en la historia del pueblo Mixe, porque además Apolonio tiene a su favor que no era Mixe. Él era zapoteco, en todo caso, de Villa Alta, profesor de educación primaria, que había llegado a trabajar a Ayacaxtepec, a Cotzocón, y que finalmente se quedó a vivir en Alotepec porque se casó con una mujer de ese pueblo. Había sido secretario municipal, había sido presidente municipal; era un tipo inteligente. Dice Walter Miller: «el mejor, buenísimo, el mejor de la sierra»; así lo califica, quien lo había conocido justamente en Alotepec. Ese es el primer acontecimiento dramático, y Luis Rodríguez manda a matar a Apolonio Sandoval porque tenía relaciones con Daniel Martínez, con el gobernador de Oaxaca, pero además era un crítico de que se hubiera establecido el distrito Mixe en Zacatepec; era un crítico de Luis Rodríguez, y por lo tanto las órdenes que enviaba a Alotepec simplemente no se cumplían, y buscaron el pretexto para matarlo. Esto en Alotepec me lo comentó don Tiburcio Felipe; él dice que era mayor de vara cuando ocurrió este lamentable acontecimiento. Cuenta cómo torturaron y cómo mataron a don Apolonio Sandoval, pretextando que uno de sus hijos no había ido a prestar un tequio. Bueno, pues una cuestión que habrá que seguir profundizando.
El otro momento es en 1945, cuando una comitiva de la autoridad municipal de Alotepec venía regresando de Oaxaca, encabezada por don Ismael Cándido, que era el presidente municipal, y su cabildo, y son acribillados en el paraje Cortamonte. Ese es un hecho muy trágico: mueren seis integrantes del cabildo de Alotepec en Cortamonte, asesinados por los sicarios de Luis Rodríguez. Este es un hecho que consternó al pueblo de Alotepec.
El otro momento, que también es clave en la historia de la resistencia y del cacicazgo, es en 1947, cuando Luis Rodríguez y sus pistoleros toman por asalto a Alotepec; es en ese momento cuando asesinan a don Hermenegildo Reyes y a muchos de sus familiares. Don Juventino Emeterio habla de que ese día hay por lo menos 12 muertos del lado de Alotepec. No está muy claro si hubo muertos o heridos del lado de los asaltantes, en este caso de la gente de Luis Rodríguez; no está claro porque no se contó o se ocultó, pero lo que sí está claro es el número de muertos en octubre de 1947 en Alotepec, Mixe.
Y luego vienen 12 años —de 1947 a 1959—: 12 años de predominio del cacicazgo en Alotepec, a través de un personaje que describe también Íñigo Laviada, Higinio Reyes, que fue secretario municipal durante ese tiempo y que detentó el poder político cumpliendo las instrucciones de Luis Rodríguez Jacob, hasta 1959, que es cuando ya se da la rebeldía.
Creo que hay dos acontecimientos muy importantes en este año: por un lado, cuando el pueblo se revela, con la lamentable consecuencia del fallecimiento de Higinio Reyes y de su hijo Alberto Reyes; y un segundo momento, cuando hay un enfrentamiento entre pobladores de Alotepec y de otros pueblos circunvecinos con la policía estatal y presumiblemente con el ejército. Entonces, son dos acontecimientos muy importantes que se cierran en septiembre con la muerte de Luis Rodríguez en la ciudad de Oaxaca de Juárez. Se cuenta que comió en exceso barbacoa —así lo relata Íñigo Laviada—, que esto le provoca una enfermedad; toma una avioneta de Zacatepec a la ciudad de Oaxaca de Juárez y ahí falleció en ese año.
Estamos hablando de 23 años; en una síntesis rápida, en Alotepec, estamos hablando de muchos muertos, de muchas viudas, de muchos huérfanos, de una historia que nos conmueve a todos y que está muy bien descrita por Íñigo Laviada.
Finalmente, yo quisiera —para no extenderme mucho, aunque ya me extendí un poco— señalar las lecciones de la historia, que creo que es importante. Después, en la era poscaciquil, desde luego viene una etapa de reconstrucción de los pueblos. He visto que, después de más de cinco décadas, se ha alcanzado la paz, el entendimiento entre los pueblos. Estamos en una situación totalmente distinta a aquellos tiempos; si algo aprendimos los mixes, es que nada se va a resolver por la vía de la confrontación y la violencia. Ese es un aprendizaje muy importante.
Y el otro aprendizaje es la fuerza de la organización comunitaria, de la autonomía de los pueblos. En el fondo, si algo reclamaban los habitantes de Alotepec y de otros pueblos que se resistieron, era que se respetara su autonomía, sus normas, sus costumbres, su sistema de asambleas, su sistema de cargos. En el fondo, ese era el sentido de la resistencia, y es algo que afortunadamente hemos visto en los últimos tiempos.
Sin ignorar, desde luego, que hay grupos, que hay partidos que han intentado desestabilizar la unidad, la paz y la tranquilidad de los pueblos, como sucedió en Zacatepec a fines del siglo pasado, en 1998, o como sucedió en Ayutla ese mismo año, o como ha ocurrido en otros pueblos, donde no se ha logrado entender la importancia de la unidad, la armonía y el respeto entre la ciudadanía, así como el respeto a la autonomía de los pueblos. Creo que esa es una lección muy importante que describe y que nos da este libro. Porque no hay que olvidar que, al final del día, de lo que se trata —lo que trata de provocar Íñigo Laviada, y lo dice en su introducción— es que «todos somos responsables». Y es cierto: al final del día no se puede poner el dedo índice sobre una persona o sobre una comunidad, pero sí se puede asumir una responsabilidad colectiva para decir que lo que pasó es una cuestión que debe reflexionarse, analizarse y, sobre todo, tomarse como una importante lección hacia el futuro. Creo que ese es el mensaje que nos da este libro.
Y por eso tenemos que agradecer mucho a Íñigo Laviada por este importante esfuerzo que hizo para construir, para elaborar este libro; agradecer a su hermana Beatriz Laviada, que fue quien lo trajo a Alotepec, y a toda la Región Mixe; y desde luego, agradecer a todas las personas de buena voluntad que colaboraron en su elaboración.
Yo quisiera finalizar diciendo: Félix, Crisóforo, Esperanza, compañeras y compañeros, que un buen esfuerzo que tenemos que hacer quienes estamos participando en este diálogo es intentar que se vuelva a editar este libro. Yo creo que es de lectura obligada para la niñez, para la juventud, porque no hay que olvidar el epitafio que dice que el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla. Y creo que los mixes no nos merecemos una historia de violencia y de tragedias como las que se cuentan en Los Caciques de la Sierra; nos merecemos una oportunidad de paz, de armonía, de entendimiento entre nosotros, porque somos portadores de una gran cultura. Nuestra riqueza está en la organización social comunitaria, y eso es lo que tenemos que heredar a las futuras generaciones; sobre todo, la importancia de la unidad del pueblo mixe: eso es fundamental.
De nada sirve que una comunidad crezca por sí sola; lo más importante es que las comunidades mixes se hermanen a través de su música, de su cultura, de su organización; que realmente cumplamos con este sueño de nuestro padre y señor Kontoy: la unidad, la ansiada unidad del pueblo Mixe. Creo que, a mi juicio, en el fondo es lo que transmite, lo que captó muy bien Íñigo Laviada, y eso es lo que tenemos que transmitir a las futuras generaciones.
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