Bueno, pues muchas gracias, gracias a Nayuujk, quienes organizaron este evento, por invitarme. Para mí, siempre es enormemente satisfactorio poder escuchar la perspectiva de la gente de los pueblos sobre el proceso de los cacicazgos; sobre la historia política de la Región Mixe.
Creo que el motivo de rememorar este libro tan importante está plenamente justificado. Cuando empecé a interesarme sobre los pueblos ayuuk y pensaba hacer mi trabajo doctoral sobre la Sierra Mixe, el cuerpo de bibliografía de literatura que había sobre los mixes era muy pequeño. Ahora, justo hace unos días, vi el libro Espacio-Tiempo Mixe de Ana Matías Rendón, justamente tiene dos apéndices al final, donde hay una bibliografía de textos sobre mixes escritos desde la Sierra Mixe. Y luego hay otra bibliografía, digamos, una bibliografía aakats, sobre el tema. Y bueno, esto se ha ampliado muchísimo. A mí me sorprendió; incluso, había bastantes cosas que no conocía, pero cuando yo empecé había una especie como de bibliografía básica sobre el tema, que era pues un poco el libro de Etsuko Kuroda; estaba Me͏̈j xe͏̈e͏̈w: la gran fiesta del señor de Alotepec, de Gustavo Torres Cisneros; estaba, por supuesto, la etnografía de los Mixes de Salomón Nahmad, y algunas cositas más. Martha Tello tenía por ahí un estudio sobre educación, Gabriela Kremer tenía alguna otra cosita. Y la bibliografía escrita por mixes, pues, era prácticamente imposible de conseguir; ya después fui encontrando libros escritos por gente mixe, como el profesor Cándido en Tamazulapan, Albino en Guichicovi, un libro sobre La grandeza de Móctum, se llamaba; eran cosas o ediciones prácticamente artesanales y de muy poquita circulación, y no había explotado la producción, digamos, de tesis de estudiantes, sobre todo de posgrado mixes, que ahora están por todos lados y que es hasta difícil seguirles la pista.
Y bueno, en esta especie de bibliografía, casi toda muy antropológica —digamos el libro de Salomón, una típica etnografía del indigenismo que era más bien casi un diagnóstico para la entrada del Instituto Nacional Indigenista (INI) en la región—, el libro de Etsuko Kuroda, muy metido con una especie como de etnografía de salvamento, creo que decía ella: «bueno, viene la carretera, viene la modernización, esto va a desaparecer. Entonces hay que documentar antes de que la modernización mexicana termine con una especie de cultura tradicional de los mixes», y sobre todo estaba orientada hacia los rituales. Y la descripción, digamos, de la historia y de la situación contemporánea política aparecía a cuentagotas.
Cuando fui a la sierra, me empecé a sorprender de la importancia y del lugar muy difícil que tenía la historia de los cacicazgos en la región. Una historia muy atravesada por la violencia; recuerdo a alguien en Tlahui que siempre se refería a ese periodo como «la época de los huérfanos», un poco hablando de la cantidad de gente en muchos pueblos que se había quedado sin padre, sobre todo, y en algunos casos sin padre y sin madre. Y que lo referían como una época muy dura, de muchas privaciones, de mucha violencia, de mucha incertidumbre, donde mucha gente salía a trabajar al campo y después no sabía si iba a regresar porque había emboscadas, digamos, cotidianas en los caminos. Además, una situación de bastante movilidad, porque mucha de la gente que se dedicaba a la agricultura —digamos en la época del cacicazgo y en esta época de poscacicazgo, como dijo Adelfo Regino— tenía que transitar fuera para vender café, para vender mezcal en algunos casos, o leña; es decir, implicaba andar circulando por los caminos, y todavía estaba medio viva, todavía sobrevivía la práctica de los arrieros. Entonces, en un lugar que tenía mucha movilidad interna, los caminos se habían vuelto lugares de mucha incertidumbre y de mucho riesgo.
Había mucha gente que se refería a esta época como La Guerra Mixe; cantidad de gente que te decía «pues es que cuando La Guerra Mixe…«, y yo decía: «bueno, ¿cuál Guerra Mixe?» Primero, porque desde fuera de la sierra uno no conocía esta historia, y en realidad un poco lo que teníamos era una especie de —yo diría— casi una imagen mítica de la paz priista. Después de la Revolución sí había habido algunos remanentes; el mismo Daniel Martínez era una especie de remanente del movimiento de la Soberanía en Oaxaca y de la época en que estaban estos viejos regimientos, de la época de la Revolución, que habían quedado como en algunos pueblos; es decir, que había como algunas especies de supervivencias de estructuras militares. Pero la percepción de la gente era que había habido una guerra, una guerra sostenida de muchos años, y que su reconstrucción era difícil. Y el único libro que hablaba directamente de eso era el libro de Íñigo Laviada, que era un libro muy extraño porque Íñigo Laviada no era alguien que hubiera pasado, digamos, como al canon antropológico.
Uno leía a Salomón Nahmad y leía el libro de Etsuko Kuroda un poco como obligado, pero luego estaba este libro ahí, que era entre medio histórico, etnográfico, periodístico; como que no tenía demasiado prestigio académico, pero era el único que confrontaba directamente la cuestión.
Salomón Nahmad hablaba con mucha ambigüedad y un poco rehuyéndole el bulto, hablando de los liderazgos mixes así medio de pasadita y como si fuera una cosa medio anecdótica, cuando en realidad era un tema central. En ese sentido, para mí el libro de Iñigo influyó mucho, porque en un principio estaba interesado —y justamente muy influenciado a partir de Los Caciques de la Sierra— en tratar de entender cuál había sido el proceso de formación del Estado mexicano posrevolucionario en la Sierra Mixe. Básicamente, parecía ser un poco que la Sierra Mixe era entre una especie de laboratorio y de modelo paradigmático de cómo se había estructurado el Estado mexicano cardenista, en definitiva, a partir de la construcción de estos liderazgos, que corrían ambiguamente entre la figura del político, la figura del militar, la figura del gran patrón, la figura del pistolero. Y con este elemento, que llamaba mucho la atención —y que sigue siendo para mí un tema fundamental— que fue la creación del distrito Mixe, porque no había una experiencia en ninguna región indígena del país, digamos, de construir una unidad político-territorial con un marcado carácter étnico, lingüístico, etcétera. En ese sentido, con cierta ingenuidad, y un poco a través de Íñigo Laviada, lo que había intentado era ver el proceso de los caciques como un proceso de formación del Estado mexicano, donde fue una especie de reformismo social que muchos destacaron.
Salomón hablaba de estos líderes mixes como unos reformadores sociales que traían el progreso, la modernidad, traían la apertura, el uso de ciertas tecnologías, el uso de los caminos, la cultura y la creación de la cultura musical mixe. Un poco de la mano de Luis Rodríguez, con un elemento, digamos, autoritario en el medio y de subordinación al gran Estado nacional, a través de estos intermediarios locales o regionales. Y un poco con esa idea yo estuve trabajando hasta que tuve el primer acercamiento con unas gentes que habían salido de Zacatepec en algún momento, y me habían contado un poco de estos elementos —que no sé si es el mejor término, el término más feliz—, pero casi de una especie de leyenda negra de Luis Rodríguez, que además, tenía toda una serie de elementos un poco fascinantes, en un sentido un tanto morboso: la sospecha de que Luis Rodríguez era el hijo ilegítimo de un cura, y que eso, en buena medida, explicaba su carácter profundamente anticlerical, pero que al mismo tiempo era una especie como de nacionalista mixe que trataba de encarnar en su persona al Rey Kondoy, y hacer una especie de identificación entre los relatos político-mítico-históricos mixes con su propia persona; con el elemento de la violencia, de una violencia muy descarnada: la violación de mujeres, por ejemplo, como un elemento sistemático del terror; la quema [pública de la vestimenta tradicional de las mujeres de Zacatepec]; [imponer] elementos de modernización en clave indigenista, pero expresados de una manera muy violenta.
Yo recojo por ahí un testimonio de alguien que cuenta que Luis Rodríguez manda a quemar el traje tradicional de las mujeres de Zacatepec y las obliga a utilizar ropa mestiza, ropa industrial, que además, parece que también la vendía en una de sus tiendas. Entonces, de alguna manera, Luis Rodríguez y Pedro Páramo eran como dos figuras gemelares. Y en algún momento parecía que el relato estaba muy claro; es decir, en una lucha por ver quién iba a ser el intermediario privilegiado, frente a un cacique más viejo —de la época más abiertamente militarista de la Revolución—, que era Daniel Martínez en Ayutla; estaba este otro que tenía el elemento reformista, porque además era un maestro, y entonces combinaba la cuestión de la educación, siempre oscilando entre la figura violenta y al mismo tiempo una especie de figura ilustrada.
Mucha gente me decía que [Rodríguez] recibía suscripción del [periódico] Excelsior y le llegaba el Excelsior hasta Zacatepec —yo no sé si son ciertos o no, pero les cuento lo que se decía—; tenía su propia línea telegráfica, su propio sistema de telégrafos, tenía su propio sistema de pistas [de aterrizaje de avionetas].
Había dos cosas en esto que a mí me llamaban la atención; había dos ambigüedades distintas, porque, por una parte, cuando uno desde afuera trataba de decir «¿y este Luis Rodríguez, quién fue?, o ¿qué fue este proceso?, o ¿por qué los mixes tuvieron esta dinámica tan particular?», (no necesariamente la del cacicazgo, pero sí la del cacicazgo combinado con el elemento del distrito); y la idea todo el tiempo de la Nación Mixe, que está constantemente en el discurso de Luis Rodríguez, y que yo, hasta donde he podido rastrear, no la veo muy clara: la existencia como tal de alguien que estuviera hablando de una Nación Mixe antes de él. Puede ser, no lo descarto, pero hasta donde yo he podido ver, realmente donde se hace muy fuerte la idea de una Nación Mixe —con una unidad territorial, con una unidad cultural, con una unidad política y, por supuesto, con una capital en su pueblo— es con él. Al mismo tiempo, la negociación, la cercanía con el Estado mexicano, la apertura de decir «va a venir la campaña de fulano y hay que abrirle la puerta de los pueblos mixes al que va a ser candidato a gobernador, que va a ser candidato a presidente», etcétera, (es decir, una especie de idea como está leído en Salomón Nahmad) es él, Luis Rodríguez Jacob, que le está abriendo la puerta a la consolidación del Estado mexicano, que le dice qué es lo que hay que hacer; o sea, indigenismo integracionista: “esta gente que por aislamiento, por particularidad cultural, no son muy partícipes de la vida nacional, pues, estos son los señores que nos van a permitir que se integren a la modernidad posrevolucionaria mexicana.”
Por ese lado emergía una especie como de ambigüedad: ¿quién es Luis Rodríguez? Por una parte, parece ser una especie de campeón de una nacionalidad mixe que está en proceso de formación. Por otra parte, parece ser el instrumento que, valiéndose de la fuerza, de la violencia y de la manipulación de ciertos mecanismos tradicionales y de una serie de instrumentos culturales muy sofisticados —como las mismas bandas filarmónicas—, está abriéndole la puerta para que sean subordinados del Estado nacional mexicano.
Leyendo testimonios, más tarde apareció la correspondencia que publicó Luis Arrioja. Porque hay otra cosa que también es medio inédita: un cacique que escribía un montón, que mandaba comunicaciones; es decir, que tenía un archivo. La otra era la dificultad de reconstruir quién era Luis Rodríguez desde el punto de vista de los mixes. Ahí fue uno de los momentos donde yo dije: «a ver, entonces esta idea de que hay una especie de Nación Mixe que, independientemente de variantes dialectales, de experiencias históricas, de la situación geográfica, se puede mantener», pero no aparecía tan clara, porque una de las cosas que surgía era la ambigüedad y el carácter contradictorio de la memoria de distintos pueblos con respecto a Luis Rodríguez, y de Daniel Martínez del otro lado.
Había gente que te decía: «Sí, era muy violento y sí mataba, pero fue el que nos defendió frente a los aakats, nos defendía frente a los intermediarios zapotecos que nos tenían sometidos con los precios; al coyotaje zapoteco en muchas zonas. O es el que nos permitió hacer una especie de selección de qué queríamos de lo que venía de parte del Estado mexicano y qué no». Me acuerdo mucho de una señora que me decía: «Es que si esto no era para Luis Rodríguez, era para el caso de Daniel Martínez —decía—, es que sin Daniel Martínez nos hubieran aplastado».
Entonces lo que yo encontré, de alguna manera, fue que la obra de Íñigo Laviada era un punto de partida, porque el retrato que hace Íñigo Laviada es, hasta cierto punto, un retrato un tanto maniqueo. O sea, hay dos señores malos, muy malos: uno en Ayutla y otro que es más malo todavía, que es el de Zacatepec. Que son malos en buena medida porque están aliados con el Estado por una parte, y por otra, por características individuales. Pero no hay después una explicación demasiado elaborada de cuál fue la posición de los pueblos con respecto a esto. Y ahora, una cosa que yo había estado investigando justo para esta intervención, tratando de ver cuáles eran los antecedentes y el contexto de Íñigo Laviada: pues Íñigo Laviada era un periodista de un sector muy conservador de la sociedad yucateca; es un periodista y jurista muy católico. Del tipo de catolicismo político doctrinario que hubo en el Partido Acción Nacional (PAN) hace mucho tiempo, muy desconfiado del centro y de la Ciudad de México —como buen yucateco—, perteneciente a una familia básicamente de la casta dorada que fueron hacendados, que después medio cayeron en declive en términos económicos después del reparto agrario, pero sobrevivieron como familia casi aristocrática en Mérida. Casualmente por eso publicaba en el Diario de Yucatán, que Yucatán tenía sus dos diarios importantes: el que era medio izquierdoso, medio simpatizante de los cubanos, y el Diario de Yucatán, que era un poco la posición de los católicos tradicionales de derecha, representante de los intereses de la pequeña burguesía avasallada por el Estado Mexicano. Y los Laviada son un familión, son un familión aristocrático con casa en el Paseo Montejo, familias de muchos hijos, muy tradicionales; dos de ellos médicos muy reconocidos de la sociedad de Mérida. Íñigo Laviada, no por casualidad, era jurista de la Escuela Libre de Derecho, justamente uno de los centros de resistencia, más o menos entre los años de la Cristiada y después en el proceso de construcción del PRI.
En ese sentido, creo que tenemos que volver sobre Íñigo Laviada; creo que se tiene que volver a editar, porque, además, efectivamente, es muy difícil de conseguir, pero creo que hay que recuperar la pluralidad de voces con respecto a lo que fueron los años del caciquismo, lo que fue la complejidad de alianzas con respecto a estar aliados o con Ayutla o con Zacatepec. Porque estas alianzas constituyeron bloques, bloques que además se estuvieron moviendo en función de intereses y de posiciones diversas al interior de los mismos pueblos; es decir, gente que estaba más ligada al comercio del café de repente hacía alianza con uno; otros que participaban de la vida política en Oaxaca con las facciones que se disputaban la gubernatura se movían en otra dirección.
El recuerdo de los caciques es un recuerdo contradictorio, y en buena medida es porque, yo creo, que la política mixe, en general, está atravesada por la contradicción entre cómo te abres frente al Estado y reconoces que tienes que pelear desde una situación donde probablemente eres minoritario —no tienes el ejército, no tienes un montón de recursos, tienes la presión constante del Estado mexicano por expandir sus instituciones, sus mecanismos políticos, etcétera,— y al mismo tiempo, cómo resistir.
Yo, durante mucho tiempo pensé —y un poco a través de Íñigo Laviada— que Los Caciques de la Sierra era la evidencia de la subordinación de los mixes frente al Estado Mexicano, eran sus intermediarios nada más. Después ya no estuve tan seguro de eso; o sea, creo que había una complejidad mucho más grande, y que varía mucho desde dónde contemos la historia. Si uno va a Ayutla, todavía hay un edificio ahí en el centro que es el edificio de Daniel Martínez, y tú le dices a la gente «oye, es que Daniel Martínez era un cacique sanguinario» y te dicen: «no, a ver, espérame», y viene el relato de Ayutla. Y hay unos en Tlahuitoltepec que fueron simpatizantes de Zacatepec, porque lo que no querían era la hegemonía de Ayutla ahí ladito; sucede lo mismo en Tama, en Cacalotepec y, por supuesto, en Alotepec, que es de donde tenemos quizás hoy un poco más de relatos en Los Caciques de la Sierra.
Esperamos próximamente el libro de Félix Reyes —que espero no tarde demasiado— sobre cómo está contado esto, además desde una clave mixe; que este relato aakats no recupera. Este relato aakats es la forma en que están presentados los caciques: es solo una reacción frente a lo que está haciendo el Estado, o son instrumentos del Estado, pero yo creo que hay otra historia que a veces es muy complicada de sacar porque su naturaleza, insisto, es contradictoria y es ambigua. Tiene que ser una historia necesariamente polifónica, porque las posiciones de los pueblos —les digo— variaron mucho a lo largo del tiempo. Entonces, creo que hay que volver sobre esto, creo que hay que volver con un ojo crítico, apreciando lo que hizo [Iñigo Laviada], porque además fue muy importante en su momento y fue una de las pocas voces frente a un proceso muy duro que hubo. Pero, pues, es una historia aakats, sigue siendo una historia aakats muy particular, contada desde un ángulo muy particular. Yo no sabía que su hermana había sido monja en Alotepec, pero ahora me queda muy claro que es un relato muy maniqueo, un relato muy propio del catolicismo, donde pues, la bondad y la maldad son dos cosas que están separadas y son perfectamente distinguibles. Y la realidad, yo creo que es mucho más compleja.
En ese sentido, creo que hay que volver sobre eso. Hay que volver en general sobre la literatura aakats y reconocer dónde están los límites, dónde están las cosas que no podemos entender nosotros desde una perspectiva de afuera. Y ojalá el libro se reedite, pero ojalá se reeditara con esto: cuántas visiones hay, cuántas lecturas posibles hay sobre Los Caciques de la Sierra, que seguramente son muchas y las seguiremos viendo a lo largo del tiempo.
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